Puede ayudar,
por supuesto.
Puede acelerar
procesos, integrar información, reducir tareas manuales, mejorar la
trazabilidad y ofrecer una visualización mucho más clara de lo que ocurre en
distintas áreas de una empresa o institución.
Pero la
tecnología no resuelve, por sí sola, una pregunta que es anterior al sistema:
¿qué necesita mirar la organización para gestionar mejor?
Muchas veces se
inicia un proceso de transformación digital con una expectativa excesiva sobre
la herramienta. Se espera que el software ordene lo que internamente todavía no
está definido, que unifique criterios que nunca fueron conversados, que muestre
indicadores que aún no fueron formulados y que permita tomar decisiones sobre
procesos que todavía no fueron suficientemente comprendidos.
Ahí aparece el
problema.
Cuando una
organización no tiene claridad sobre sus objetivos, sus procesos, sus
responsables, sus metas y sus criterios de medición, el software no transforma
la gestión. Solo digitaliza la confusión.
Y, en algunos
casos, la vuelve más visible.
Antes de
implementar una herramienta, una organización debería poder responder con
precisión algunas preguntas básicas: qué quiere medir, para qué lo quiere
medir, quién va a utilizar esa información, qué decisión debería activar cada
indicador y qué plan de acción se pondrá en marcha cuando aparezca un desvío.
Sin esas
definiciones, la tecnología puede producir una ilusión de avance.
Hay pantallas
nuevas, reportes más atractivos, integraciones más rápidas y una sensación
inicial de modernización. Pero si la información no permite comprender mejor la
operación, anticipar problemas o decidir con mayor oportunidad, la mejora
todavía no ocurrió.
La
transformación digital no empieza en el software.
Empieza en la
capacidad de la organización para mirar su propia gestión con método, criterio
y honestidad.
La tecnología
puede ser una gran aliada.
Pero primero hay
que saber qué se quiere ordenar.
Autora: Patricia M. D'Aste
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